El hombre que hundió a las petroleras calculando la edad de la Tierra

Esta es la historia que los conspiranoicos no quieren que leas. El caso real de cómo, con un buen aval científico, puede vencerse a cualquier gran empresa, por poderosa que esta sea.

A algunos se les llena la boca en las cenas de familia diciendo cosas como “no tenemos motores de agua porque las petroleras no lo permiten” o “las farmacéuticas están bloqueando la cura contra el cáncer”, puede que en un triple tirabuzón se combine incluso con el clásico: “las vacunas producen autismo, pero la industria es demasiado poderosa para que nuestras pruebas la detengan”.



 

Por supuesto que existen conflictos de intereses por los que una petrolera no será la más interesada en invertir un motor de agua y puede que hasta ponga todos los impedimentos que estén en su mano para que no llegue buen puerto, pero es difícil creer que puedan silenciar por completo una tecnología así.

Sobre eso va este artículo, sobre lo imposible que resulta silenciar las verdades cuando estas se sustentan en datos científicos perfectamente demostrables. Así es como conseguimos que las tabacaleras, no pudieran silenciar los peligros del tabaco, los cuales ahora constan incluso en los atados de cigarrillos.

Una historia parecida fue la que vivió Clair Patterson, solo que su enemigo era incluso mayor. Todo empezó cuando estaba estudiando rocas para averiguar la edad de nuestro planeta y terminó poniendo en jaque a una de las industrias más poderosas de la historia, las petroleras. Fue él y la geoquímica quienes consiguieron que se retirara el plomo de los combustibles, salvando millones de vidas en el proceso.

La edad de la Tierra

Eran mediados del siglo XX y por aquel entonces se sospechaba que la tierra tenía, a lo sumo, unos 3300 millones de años. Sin embargo, Harrison Brown quería comprobarlo con mayor precisión. Pensando en cómo enfrentarse a este reto se le ocurrió una idea.

Podían aprovechar el método de uranio plomo, capaz de datar la antigüedad de las rocas y aplicárselo a una que supieran que era tan antigua como nuestro propio planeta. Pero ¿cómo? Las rocas accesibles de la Tierra se formaron durante la propia historia de nuestro planeta, ya fuera por el depósito de sedimentos en el cauce de un río, por la lava emergida de un volcán o por las grandes presiones y temperaturas de las profundidades de la corteza terrestre. La respuesta no estaba aquí, y precisamente por eso decidieron mirar al espacio.

La Tierra se formó a partir de un disco de materia que fue condensándose, formando los planetas. Algunos trozos de aquel disco no crecieron demasiado y formaron asteroides, meteoroides y cometas. Por lo tanto, si asumimos esto, podemos deducir que estos cuerpos menores del sistema solar tendrán, aproximadamente la misma antigüedad que nuestro planeta.

Así pues, el doctor Brown puso a trabajar en ello a dos de sus pupilos: George Tilton y Clair Patterson. Su cometido era medir respectivamente la cantidad de uranio y plomo (respectivamente) y, sabiendo que el uranio acaba convirtiéndose en plomo con el paso del tiempo, deducir de la proporción entre ambos elementos cuándo se había formado el meteorito analizado.

Sin embargo, los niveles de plomo medidos por Patterson se salían de cualquier escala. Pronto entendió que sus muestras estaban contaminadas y creó una sala blanca para mantener la esterilidad de las muestras. Algo estaba cubriendo el mundo de plomo y Patterson sabía quién era el culpable.

David contra Goliat

Conocemos los efectos tóxicos del plomo desde la Roma antigua. De hecho, el envenenamiento por plomo recibe el nombre de saturnismo por la gran cantidad de intoxicaciones que se producían durante las fiestas romanas de las Saturnales, donde corría el vino que había sido almacenado en ánforas recubiertas de plomo.

A pesar de estos bien sabidos peligros, General Motors propuso enriquecer su gasolina con plomo para permitir que los motores ejercieran una mayor compresión sobre el combustible, dándole más potencia a los vehículos. La idea asustó a sanitarios y científicos, pero a golpe de influencias y solvencia la industria consiguió abrirse camino hasta hacer de esta majadería una realidad.

Junto con General Motors, Standard Oil y Du Pont comenzaron a añadirle tetraetilo de plomo a la gasolina, haciendo supuestas demostraciones de su seguridad y restando importancia a los cientos de casos de envenenamientos acaecidos en sus fábricas.

Ante este panorama, Patterson decidió viajar por medio mundo tomando muestras del agua y la Tierra a distintas profundidades. De este modo llegó a la conclusión de que el nivel de plomo en la atmósfera era unas 1000 veces superior al esperado y que, en el cuerpo humano era al menos 100 veces mayor que los valores normales.

Tras estos primeros análisis continuó su trabajo y un estudio más fino le llevó a descubrir que había cometido un error, los tejidos humanos analizados tenían no 100, sino 600 veces la cantidad esperada de plomo. Las petroleras nos estaban envenenando.

A pesar de todos sus datos, Patterson tardó un poco en ser escuchado. No obstante, sus estudios calaron como debían porque la evidencia era abrumadora.

En 1976 la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos decidió empezar a disminuir los niveles de plomo aceptados en la gasolina hasta que, en 1995, el combustible con plomo desapareció definitivamente de las gasolineras de América.

Patterson había vencido definitivamente, pertrechado solo con un puñado de datos rigurosos puso fin a una de las acciones más rentables de las petroleras. Y así ha sido siempre cuando realmente existen pruebas. Los microchips malignos, los chemtrails, las vacunas que nos envenenan no salen a la luz porque simplemente no son reales, no porque estén defendidas por industrias más poderosas que las que la ciencia y ha hecho sucumbir.


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