Ciencia

Un equipo de investigadores acaba de multiplicar por dos la «distancia letal» de una de estas violentas explosiones estelares.

Hace unos 2,7 millones de años, una supernova explotó tan cerca de la Tierra que llenó el planeta de escombros, dejando un rastro de hierro radiactivo (Hierro 60) que los científicos han localizado en el fondo de los océanos e incluso mezclado con las capas de polvo que cubren la superficie de la Luna.

 

Como todo el mundo sabe, vivimos en un Universo de cuatro dimensiones, tres de ellas espaciales y una temporal. Pero eso no quiere decir que sean las únicas que existen o, mejor dicho, las únicas posibles. Los físicos, en efecto, llevan ya décadas recurriendo a toda una serie de "dimensiones extra", que resultan necesarias para explicar determinados fenómenos cuánticos, o que se manifestaron cuando las condiciones del Universo eran favorables, en los primeros instantes tras el Big Bang. Por desgracia nadie, nunca, ha encontrado aún evidencias experimentales de que alguna de esas dimensiones ocultas esté teniendo algún efecto en nuestra realidad.

 

Hace 4.400 millones de años, poco después de formarse, la Tierra era un planeta tranquilo, aburrido, sin vida y totalmente cubierto de agua. No había continentes, ni montañas, ni llanuras, ni valles... apenas un puñado de islas diminutas y dispersas en medio de un enorme y desierto océano global. Fue un periodo inicial de calma del que apenas quedan restos y tras el que el "Gran Bombardeo" de cometas y asteroides convirtió nuestro mundo en un infierno de lava y fuego del cual, sin embargo, surgieron las primeras formas de vida.

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